El casamiento empezó sin ninguna complicación que pusiese en evidencia la locura de la novia, pero en un momento, todos los invitados se vieron obligados a desalojar la casa quinta que habían alquilado los novios para festejar su gran casamiento. Ella de blanco y él de smoking negro ceniza, en un momento, se vieron en vueltos en una vorágine de insultos y golpes que nadie quiso estropear.
Ella vociferaba insultos bestiales hacia su esposo que hicieron ruborizar a las viejas coquetas de San Isidro que inmediatamente desalojaron el recinto del casamiento. Gritaba, pataleaba con tanta fuerza que hacia viento con la larga cola del vestido e hizo volar varias mesas y sillas que estaban a su alrededor. Las mesas y sillas volaron tan fuerte que Margarita, tía de la novia, fue expulsada hacia el jardín y rompió un ventanal gigante cortándose la cara. La sangre salía a borbotones de los ojos de Margarita, tan roja como el pétalo de una rosa roja. Las estúpidas tías gritaban, corrían por el jardín ayudando a la pobre mujer levantarse de aquel gran papelón. Los padres de los novios aterrorizados por los hijos de puta, la concha de tu madre, ándate a la mierda de la novia volaron directo a sus autos y evacuaron aquel lugar vergonzoso. Nadie quedó en ese lugar excepto los chicos que estaban en éxtasis vanagloriando a la novia de blanco, aquella mujer que habían visto entrar en la casa de Dios. Ellos estaban regalados a los insultos de ella y la inmutabilidad del novio que de tanto en tanto revoleaba una piña a la panza de la novia desquiciada acompañada al grito de FORRA.
Los chicos chillaban, gritaban al compás de la pelea. ¡PELEA, PELEA, PELEA! De repente, no había nadie en el comedor de la casa quinta, la desquiciada y el tarado estaban solos con sus gritos y sus golpes y los gritos de los niños que vitoreaban a la novia, a la gran novia que nunca habían visto en su chiquita vida.
By G. B.
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