Mientras las mariposas del viento sobrevolaban mi cabeza, mi mamá me gritaba que ordenara mi cuarto. Siempre fui receptivo a olores y sabores pero últimamente me impactaban los colores. Colores vivos, luminosos, sacados de películas infantiles. Hace poco vi Alicia en el país de las maravillas, mis ojos parecían dos arcoíris que destellaban luces multicolores, no podía ver nada, sólo colores y más colores. Siempre me gustó cerrar los ojos y mirar hacia el sol para ver los colores que recibía. Siempre terminaban en el blanco, eso me hacía pensar que así ven los ciegos. Todo blanco.
El día que conocí a Francisca fue maravilloso. Estaba yendo a comprar un libro sobre el surrealismo porque lo habían pedido en la escuela. Crucé la calle y la vi esperando el colectivo. Sólo vi amarillo, ningún color más. El amarillo es atracción, interés, confianza en mi cuerpo, en mi mente. Y todo eso me transmitió Francisca el día que la conocí. Le pregunté la hora y me devolvió una sonrisa junto a los minutos que salieron de su boca. Subí, después de ella, y me senté al lado.
-Hola, ¿qué tal? –dije con timidez.
-Hola. Bien –dijo ella con voz tranquila y suave.
-¡Qué calor! ¿no? Pero así es el verano, sólo hay que acostumbrarse –dije mirándola de reojo y me di cuenta de que no me estaba escuchando.
No me respondió. Me sonrió y bajó en la parada siguiente. Me quedé sin palabras como un chico que no sabe explicar el momento en que le cortaron el rostro sutilmente. No supe qué hacer, qué pensar. Tenía la mente llena de imágenes amarillas pero también violetas y ésas eran muchas. Me bajé y me sentí vacío como un florero sin flores, un tarro con agujeritos en la tapa pero sin los insectos. Me sentí raro. Nunca me pasó tener dos colores juntos a la vez, siempre se presentaban lentos, solitarios y hasta algunas veces se iban rápido. Volví a mi casa y me encerré en mi cuarto. No me pude sacar de la mente a Francisca, cada vez el color violeta me invadía más.
Me desperté a las dos horas. No podía ver nada, sólo violeta. Fui a la cocina y había uvas por doquier, todas tiradas en el suelo. Caramelos de uva en la alacena, chupetines de uva, todo de uva y todo violeta. Llegó mi madre y me dijo:
-Basta, Juan, me vas a matar.
-¿Qué?
-Basta. Me vas a volver loca. Vos, tus uvas, los tenedores de mango violeta, los elefantes violetas que hay en el jardín. Me querés matar de un infarto, ¿no?
-Se ve que el color violeta fue intenso hoy.
Al día siguiente, estaba caminando por el centro de la ciudad y a lo lejos veo una luz amarilla. La luz se intensificaba cada vez que me iba acercando, y ahí me di cuenta que era Francisca. Nunca supe qué hacer así que la miré y le dije un hola muy tímido. Me devolvió la mirada y un qué tal, tan suave como su piel. Fueron cinco minutos exactamente pero para mí fue un lustro, la seguí mirando mucho tiempo hasta que dobló en la esquina. En ese momento, supe que no la volvería a cruzar por mucho tiempo. Y no me había equivocado.
A los meses que le siguieron al último encuentro, sentí muchos colores que permanecían en mí por semanas y se iban tan rápido como un abrir y cerrar de ojos. El único color que me acuerdo con intensidad es el azul. Una mañana de invierno me había levantado para ir al analista, revisé el contestador telefónico y había un mensaje cancelando la sesión. Manoteé los cigarrillos de la repisa, el saquito rojo y salí al patio. El frío del invierno inundó todo mi cuerpo, mi nariz se entumeció tanto que ya no la sentía mía. Parecía que estaba fumando veinte cigarrillos al mismo tiempo, no podía ver nada. Eran las siete de la mañana y la niebla matinal era muy densa, sólo pensaba en azul. Pasé todo el día así, me sentía tan frío y tan irreal.
No podía seguir en ese estado. Entonces, decidí olvidar a Francisca y anotarme en un taller de escritura. El primer día fui con ganas y entusiasmo. Cuando estaba llegando a la casa de Isabel, empecé a percibir que mis ojos se iban aclarando e iluminando. Toqué timbre, subí por las escaleras y la luz me inundaba cada vez más hasta que vislumbro la silueta de Francisca tirada en la alfombra del living. Sentí una gran presión en los ojos y en ese momento, perdí la noción del tiempo y del espacio.
Me desperté en una cama de un hospital y a mi lado estaba Francisca. Me miraba con esos ojos de terciopelo verde, tan vivos y tan rústicos.
-Tu mamá ya viene. Quédate tranquilo, te desmayaste en lo de Isabel.
-Me quiero morir –dije tapándome la cara con la sábana.
-No te hagas drama, Juan. Cosas que pasan –sonrió y me miró penetrando mi corazón.
Esa misma tarde me fui del sanatorio con mi mamá y Francisca. La invité a tomar mate a casa y aceptó con gusto. Pasamos toda la tarde conversando de nosotros, de música, de libros, de gomitas de colores, de las golondrinas que emigran y por supuesto, de los colores. Le conté sobre mi percepción colorida y se quedó maravillada. Me preguntó qué color representaba ella en mí pero creo que no le gustó mi respuesta porque puso cara rara cuando mencioné el amarillo. Nos despedimos en el hall de mi casa y nos prometimos vernos de nuevo. Cerré la puerta, me di vuelta y toda mi casa parecía inmersa en un paquete de polenta, toda amarilla. En el living, había rodajas de quesos en lugar de almohadones, en la cocina había papas fritas doradas que parecía que nadaba en ellas. Quise ir al jardín para salir a fumar pero era imposible, había millones de girasoles que giraban cuando yo los tocaba. Me fui a mi habitación y me dormí pensando en amarillo.
Las cosas siguieron muy tranquilas. Nos volvimos a encontrar con Francisca. Nos hicimos muy amigos pero nunca le confesé que la amaba. Capaz que ese fue mi error desde el principio. Si le confesaba que la amaba, seguro que se quedaba conmigo pero nunca lo hice. Fui un cobarde y un enamorado sin remedio. Un día Francisca me dijo que se iba a vivir a Londres con sus padres.
Un día primaveral como pocos. Aquel día la había notado muy rara e irradiaba violeta. Cuando irradiaba luz violeta era un indicio que algo estaba mal en Francisca. Estábamos en mi habitación tirados en la alfombra escuchando The Smiths.
-Te tengo que decir algo, Juan –había dicho apagando el equipo.
-¿Te pasa algo? –había dicho imaginando lo peor.
-No quiero que te enojes. Es algo que quiero hacer hace un tiempo pero nunca tenía la posibilidad.
-¡Dale, Fran, decime ya! – sentí como el corazón se estrujaba y se me llenaban de miedo los ojos de lágrimas.
-Me voy a Londres para siempre.
La habitación había penetrado en una gran nube blanca. No pude ver nada, sentí que eso era la nada misma. En aquel momento, me había dado cuenta que el amor que siento por Francisca es tan gran como un elefante. El amarillo desapareció, se fugó de mí. Veía blanco como los cuadraditos de azúcar con destellos amarillos que se iban apaciguando hasta que Francisca se fue por siempre.
Me siento solo en este momento, una parte de mí se apagó. Hasta ahora nunca pude volver a ver amarillo en alguna chica. Quizás el amarillo sea el color del amor. Ahora veo solamente el color blanco. Transitaron y transitan muchos colores pero el único que permanece es el color que Francisca me dejó al irse. Lo único que sé, en este momento, es que me convertí en un ciego vidente.
Por Gabriel Balmaceda.
(Octubre, 2009)
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