30 de noviembre de 2011

Oídos sordos, risas silenciadas.

Las cáscaras de tu piel se desploman

se quiebran en los muros

de nuestro castillo de algodón.

Si reías antes de esto,

ahora vas a llorar como nunca.

Malgastas la vida en eso

que llamas placer mental

nadie te ayuda

ni tu propio amor.

Cicatrizas las heridas con sal

pero lo que no sabes

es que la sal se evapora por los aires

y la herida a flor de piel

se recubre de una melancolía inexplicable.

Yo te miro y lloro en silencio

no te ayudo

me gusta tanto que río a carcajadas

naturales del dolor que siento por vos.

Ya te dije que no juegues a la par contra mí

te lo advertí

te lo grité tan fuerte

que quizás tapé tus oídos sordos con mi amor.

Gritás de dolor

y yo río de dolor

¿cuál es la diferencia?

Nunca vas a verme ahí

quieto

esperando la pulseada final.


Por Gabriel Balmaceda.

(Noviembre, 2011)

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