Las cáscaras de tu piel se desploman
se quiebran en los muros
de nuestro castillo de algodón.
Si reías antes de esto,
ahora vas a llorar como nunca.
Malgastas la vida en eso
que llamas placer mental
nadie te ayuda
ni tu propio amor.
Cicatrizas las heridas con sal
pero lo que no sabes
es que la sal se evapora por los aires
y la herida a flor de piel
se recubre de una melancolía inexplicable.
Yo te miro y lloro en silencio
no te ayudo
me gusta tanto que río a carcajadas
naturales del dolor que siento por vos.
Ya te dije que no juegues a la par contra mí
te lo advertí
te lo grité tan fuerte
que quizás tapé tus oídos sordos con mi amor.
Gritás de dolor
y yo río de dolor
¿cuál es la diferencia?
Nunca vas a verme ahí
quieto
esperando la pulseada final.
Por Gabriel Balmaceda.
(Noviembre, 2011)
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