Encandilados por la luz de la mañana
nos despertábamos protagonistas de este amor
dejando atrás las rondas de tragos
en bares infinitos llenos de risas y deseos
dejando las miradas incandescentes de amantes sin anestesia
y las estrellas que gritaban por un cuarto de pepa más.
Desnudos e indefensos
nos servíamos nuestro café negro,
nos mirábamos en la mesa de desayuno
rodeados de tostadas a medio comer,
nos besábamos cómplices de un pacto tácito
sin mediar palabras ni señales de amor eterno.
Embriagados por nuestra luz interior
casi eyectada hacia nuestros corazones vírgenes
vírgenes de eso que vemos en las películas
de eso que llaman amor.
Por Gabriel Balmaceda.
(Diciembre, 2011)
No hay comentarios:
Publicar un comentario