Tengo necesidad de escribirte la novela, tantas veces me lo pediste y ahora estoy haciéndolo. Me suena el teléfono, esperame. Adivina, ¿quién iba a ser? Sí, esa mujer. No ves, es insoportable me llama cuando estoy escribiendo, cuando me inspiro pero viste como son las madres, hay que entenderlas. Mi madre viene todos los viernes a la mañana cuando vos te vas a correr con Leandro. Cuando conocí a Leandro me dije a mí mismo “este pibe soy yo”, obviamente nunca te lo dije y por eso te lo escribo ahora. Este ahora, ¿qué es el ahora?, preguntale a tu amigo el filósofo que yo no me banco ni en figuritas pero es tu amigo y a los amigos de los novios hay que odiarlos en secreto. No lo odio sino que no lo tolero, es muy distinto odiar una persona que no tolerarla ¿no?
A veces te amo tanto que te quiero hacer mío para siempre y sé que es imposible, ¿vos qué pensás? No me digas eso, amor, que siento que no valorás los veinticuatro meses que hace que estamos juntos; a mí me gusta contar el tiempo en meses, locuras de mi tipo. Meses y meses, sólo eso registro. Al mes te quise, a los tres meses te amé y a los cinco meses te adoré; sabías que amar es menos que adorar ¿no?, lo descubrí con Bárbara en una tarde entre teteras y una lluvia torrencial que no me dejaba ir a mi casa, ¿viste cómo es la lluvia?, una amiga traicionera. Lo buscamos en el diccionario de la Real Academia Española y como buenos estudiantes de Letras confiamos ciega y plenamente en esa institución que no sé si existe, porque yo tengo que ver las cosas para creer en ellas.
Te estaba diciendo que te voy a escribir una novela. Tratará de nuestro amor, de cómo nació, cómo creció y de cómo fuimos a parar a estos veinticuatro meses. Espero que te guste y que la leas con muchas ganas tomando un té con miel en nuestra cama. Ay, no sabés qué té exquisito probé en la casa de Natalia Alcorta, sí, la concheta de la facultad, esa misma; bueno, me dijo que era un té de la India o algo así, mucho no le presté atención, estaba fijándome qué podía criticarle después con Bárbara pero bueno, me gustó todo de su casa así que me fui con mucha rabia por no encontrar nada malo en esa casa que heredó del padre ¡y qué padre tenía!, me da miedo con solo decir la palabra padre. Recuerdo una vez que fui con mi padre a la casa de mi tía Raquel. Tenía, digo tenía porque se murió hace dos años en un accidente tan tonto como trágico pero eso no tiene importancia ahora, te contaba que tenía un gato gris y negro, a mí me daba miedo, mucho miedo; ese día me quedé con esa bola de pelos repugnante, odio a los gatos eso ya lo sabés, por eso quiero tener un perro labrador negro como India, mi primera perra. Ese día nos quedamos esa cosa y yo solos en esa casa tan grande y fría; el gato inmundo quería salir pero yo tenía miedo de que se me escapara y mi tía me cuelgue de las que ya sabés de la chimenea. Sin embargo, yo le abrí la puerta y el gato salió disparado para el patio; pasaron dos horas y el gato no volvió, me cansé de esperarlo y me fui con mi padre que regresó del supermercado con mi tía. Al día siguiente, Raquel llama y dice que no encuentra a su gato, a mí ni me importó porque odio a los gatos, los odio con toda mi alma pero eso mi tía no lo supo, nunca lo sabrá porque está tocando el arpa con San Pedro. Así que Pelusa, el nombre de ese animal putrefacto, no apareció más en la vida triste y solitaria de Raquel, mi tía “la solterona”, según mis otras tías tan yeguas como Raquel.
Te amo tanto, Ricardo, Ricardo Rubén, Ricardito, tantos nombres para decirte que me pierdo. Quiero terminar la novela, pero en realidad no empecé ni el prólogo que tantos libros tienen en sus primeras páginas. Yo quisiese que el prólogo lo hiciera Alan Pauls; ese hombre adulto, masculino, sexy que veo en las fotografías en la solapa de cada uno de sus libros. Esos libros que me trasladan de un mundo a otro, me hacen volar en la atmósfera de esa ficción tan exquisita como vibrante, vibras tan satisfactorias y tan rápidas, me pierdo cuando pienso en ese hombre tan deseable e intocable que es el señor Alan Pauls. Ya sé que no querés que te hable de Alan Pauls, te ponés celoso pero es inevitable, amor, tan inevitable como es amarte hasta Plutón. Te iría a visitar hasta Plutón si vivieras ahí, según los astrólogos hace mucho frío en ese planeta ya que no llega la luz solar, y yo por supuesto te abrigaría con mis abrazos y besos que tanto te gustan. A veces pienso que somos tan parecidos que parecemos uno, como la canción de ese transexual que canta en un musical con una peluca a lo Madonna. Uno, seamos uno, pero ¿qué es ese uno? ¿Espalda con espalda?
No entiendo nada, ya me mareo con tanto escribir, y tantos recuerdos que me vienen a la mente. Voy a empezar la novela en este instante y no voy a parar por ningún motivo. ¡La puta madre! Me acordé que está el final de temporada de Lost, creo que esto de la novela no es lo mío y digamos un poco la verdad, Ricardo, me amás con o sin novela. Entonces, para qué me voy a perder el final de Lost si mañana puedo empezar la novela ¿no? Primero voy al baño, y me siento en el sofá a ver a esos náufragos que ya me tienen un poco cansadito con sus rodeos en la jungla. Hasta mañana, mi amor, que descanses. No olvides nunca que te amaré por siempre aunque no te haga nunca la novela que tanto me pedís.
B. G.
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